viernes, 9 de octubre de 2009

los suelos fertiles

La creación del suelo fértil

A lo largo de la historia las diversas culturas agrarias han ido adaptando y modificando las características originarias del sustrato edafológico. Técnicas de roturación de la tierra, sistemas y tipos de cultivos se han sucedido en el tiempo y el espacio buscando mantener y mejorar su fertilidad natural. La pobreza o riqueza de los suelos cultivados, sus características actuales, no pueden entenderse sin esas referencias históricas.

La fijación de energía solar por los vegetales, única fuente de entrada de energía en las cadenas tróficas, depende de unos pocos y muy superficiales centímetros de la corteza terrestre que conforman el suelo vegetal. Desde el punto de vista biológico es una estrecha capa de tierra en la que interaccionan vivamente la atmósfera y el sustrato sólido, gracias a lo cual se forma un sistema complejo que permite la absorción de nutrientes por la vegetación y la descomposición de la materia orgánica que se deposita en su superficie a través de una variadísima fauna de gran eficacia metabólica.

El proceso de culturización del suelo natural supone cambios importantes en su estructura y funcionamiento, encaminados fundamentalmente a la mezcla óptima de los primeros centímetros de profundidad para conseguir una capa de características homogéneas, en la que la disgregación física de los componentes agregados permita la abundancia de poros por los que penetre el aire, el agua y las delicadas raíces de la simiente recién germinada. Un paso importante en este proceso de convertir en agrícola un suelo natural, se consiguió al aportar abonos, materia orgánica, que compensa las pérdidas extraídas por la vegetación con lo que se puede considerar cerrado el ciclo.

Este último paso del abonado, es una adquisición cultural muy posterior a la práctica agrícola, de manera que durante muchos años ésta hubo de restringirse necesariamente a suelos de gran fertilidad en los que no obstante debían alternarse los cultivos de cereales con las leguminosas, "suelos de dos hojas", o bien recurrir a un periodo de descanso o barbecho, suelos de "pan anno e vez".

Andalucía ha tenido tradicionalmente una imagen de gran feracidad. Se podrá hablar así, como hace Plinio, de una región con "un esplendor peculiar en su fertilidad" o como hace Madoz a mitad del siglo pasado de un lugar "donde se produce tanto que apenas hay cosa necesaria a la vida o el capricho del hombre que no se halle en grande abundancia".

Esta imagen mítica olvida, sin embargo, dos matices importantes. Por un lado, que no toda la región participa de esa fertilidad natural (atribuible sólo al valle y las campiñas del Guadalquivir y a algunas vegas interiores) y que, además, esa fertilidad es muchas veces la consecuencia de un proceso de domesticación del suelo, de puesta en cultivo larga y dificultosa.

Haciendo un sucinto repaso histórico, bajo la dominación romana se roturaron masivamente los suelos del valle del Guadalquivir para la producción cerealista, de vinos y aceite, de la que una parte muy importante se dedicaba a la exportación.

La cultura árabe introdujo un conocimiento profundo de la hidráulica, incorporó el agua a los campos ya roturados produciendo nuevos cultivos de carácter intensivo. El dominio del agua les permitió, por otra parte, poner en cultivo zonas vírgenes como las laderas de las sierras penibéticas, cuando razones bélicas y políticas les confinaron en esos territorios abruptos y marginales.

No obstante, el suelo cultivado debía ser escaso y limitado a la cercanía de pueblos y caseríos, no muy frecuentes en una sociedad de escasa pujanza demográfica. Este colapso humano se acentúa en la reconquista como se pone en evidencia por la repoblación de las plazas conquistadas, que en no pocos casos deben repetirse más de una vez. La situación en los campos conquistados es de abandono generalizado: se pierden las huertas y gran parte de los cultivos arbóreos retroceden al estado de monte cerrado; aumentan los pastos y el monte bajo y se reduce por consiguiente de forma drástica la producción cerealista. Es frecuente encontrar en documentos de esta época la referencia a "tierra de xaras", evidencia de los incendios intencionados para el aprovechamiento por el ganado de los pastos efímeros que suceden al fuego.

En el libro de la Montería, redactado al parecer por orden de Alfonso XI en torno a 1340, se describen numerosos cazaderos, alguno de ellos localizados en el interior del valle del Guadalquivir -Carmona, Cantillana- donde según se cuenta era abundante la caza del jabalí.

En los años siguientes se produce una drástica separación en modos de producción agrícola, de una parte el valle del Guadalquivir donde se recuperan paulatinamente los modos antiguos encaminados a la exportación de excedentes y con parcelas de gran extensión y braceros que las trabajan, y de otra las tierras Penibéticas, refugios de moriscos con una elevada densidad demográfica y una sofisticada cultura del agua.

Esta situación les permitió una agricultura artesana extraordinariamente creativa; modificando el relieve, allí donde éste era un obstáculo, mediante obras de las que aún se guardan recuerdo: paratas o superficies allanadas de moderada extensión separadas por escalones de frente reforzado y alisado denominados balates. Si el relieve era más acentuado, las superficies necesariamente debían ser menores y estar sostenidas por paredes de obra: estamos frente a los bancales. Es fácil comprender que una agricultura de este tipo obliga a una compleja organización social para el uso del agua y del suelo, recursos escasos en la zona, y de mano de obra para mantener todo el sistema en funcionamiento en lucha constante contra la erosión. Esta misma complejidad fuerza a elevadas tasas productivas a fin de mantener la comunidad.

La situación en las fértiles tierras calmas del valle del Guadalquivir se modifica lentamente a la par que se consolida el poblamiento, siempre en peligro por las periódicas epidemias. No obstante, en los siglos XVII y XVIII la presión humana crece, lo que se traduce en el cultivo de terrenos de pastos y forestales así como de las tierras municipales. Este incremento se ve apoyado por la mayor movilidad de los mercados y las personas.

El aumento de la población campesina alcanza verdadera fuerza en el siglo XVIII y sobre todo durante el XIX. La desamortización consolida de una parte a los grandes propietarios que mantenían una agricultura enfocada a la exportación a la vez que introduce a una nueva burguesía incipiente que accede a extensas superficies poco explotadas y que roturan y siembran de acuerdo a los modelos imperantes. De esta época son las roturaciones y puesta en cultivo cerealista y olivarera de las Sierras Morena y Subbética, así como la escalada de las plantaciones de vides o almendros hasta las cimas de algunas sierras Penibéticas (Axarquía, Contraviesa, Gador).

Este último impulso desencadena un proceso de erosión intenso que sólo se logra paliar en esos momentos por la elevada población rural que después de cada aguacero arregla muros, rellena cárcavas, repara azudas, diques, planta árboles y matorral en sotos, etc.

El siglo XX se caracteriza por el crecimiento -al principio moderado- de las ciudades y algo más tarde por el despoblamiento masivo del medio rural; en especial en aquellas zonas de agricultura marginal en la que los excedentes son escasos y problemáticos.

Los suelos fértiles, profundos, de topografía llana, soportan sin grandes problemas las nuevas tecnologías, como el arado de vertedera arrastrado por enormes máquinas que penetra en el suelo más profundamente y multiplica la cosecha. En los suelos de sierra, no sólo no aumenta la producción en la misma medida, sino que la erosión se dispara al aplicarles esta nueva tecnología. La morfología tradicional de pequeñas parcelas en bancales choca frontalmente con los nuevos tiempos; de otra parte, las vías de comunicación no se desarrollan con la misma rapidez que en el resto del territorio, lo que encarece y dificulta la salida de los productos. Este cúmulo de circunstancias provoca el colapso de muchas zonas de sierra con cultivos de subsistencia, la población se reduce y con ella el cuidado y las labores de mantenimiento de los suelos, con lo que la erosión se acentúa exponencialmente haciendo cada vez más difícil su recuperación.

En las últimas décadas hemos asistido también a la incorporación de suelos, considerados hasta entonces baldíos, al proceso productivo. En la franja litoral los cultivos sobre arenas o bajo plásticos, han modificado sustancialmente el territorio, la densidad y las formas de vida de sus habitantes. En este caso no puede hablarse propiamente de suelo agrícola, ya que el sustrato es básicamente inerte. No ocurre lo mismo con otra transformación de gran envergadura cual es el rescate, para la agricultura, de los suelos salinos de las marismas del Guadalquivir, que mediante una costosa operación de drenaje pueden lavarse y perder gran parte de su contenido en sales, obteniéndose de esta manera inmejorables tierras para el cultivo de arroz.

En la actualidad puede decirse que salvo situaciones puntuales, la incorporación de nuevos suelos al proceso agrícola ha tocado techo. Todos los suelos susceptibles de ser cultivados con cierta eficacia ya lo son. La gestión de este recurso debe encaminarse más bien en sentido contrario, seleccionar aquellos suelos verdaderamente fértiles y diseñar políticas de devolución de los suelos marginales y mediocres a los ciclos naturales.

Al mismo tiempo que se mantiene y acentúa la lucha contra la erosión, es necesario plantearse la evaluación de la pérdida de fertilidad natural de los suelos sometidos a una agricultura intensiva. El enriquecimiento en moléculas orgánicas de nueva síntesis, muchas de ellas biocidas, el deficitario estado del complejo arcillo húmico o la pérdida en la actividad de la edafofauna de estos suelos, son síntomas de un proceso de deterioro de fondo que debe ser evaluado
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Benicarló
Benicarló, en la costa oriental española, es uno de esos lugares para recordar y donde uno querrá regresar. Nunca está abarrotado de turistas, y tiene un carácter Mediterráneo distinto.
Bañado junto a un mar azul y con un ambiente favorable, Benicarló es tanto una ciudad moderna, con su industria y turismo, como un pueblo de mar con sus costumbres. Las tierras de cultivo fértiles hacen que su agricultura sea muy importante, donde la alcachofa es extraordinaria, por ser otorgado como un "Valor del origen" en reconocimiento de su calidad excelente y características únicas.

Al igual que muchos pueblos valencianos, Benicarló celebra el 16 y 17 de enero la víscera y festividad de Sant Antoni. Fiesta ancestral de origen pagano ligada al mundo rural con el fuego como común denominador. En Benicarlo las características de la fiesta tradicional quema del demonio es una descomunal hoguera, el desfile de caballerías, la “loas”, el reparto de “coques” y la bendición de los animales domésticos.

También en enero se celebra la Fiesta de la Alcachofa de Benicarló, único producto con Denominación de Origen de la provincia de Castellón. Conferencias, Jornadas Técnicas, “Torrá” ( asado) popular de Alcachofas y degustación gastronómica, son los actores centrales de una fiesta que homenajea el esfuerzo se la comunidad agrícola de Benicarló.
Fallas ( San José, 19 de Marzo ). Fiesta intensa y explosiva como no hay otra, la “Fallas” se convierten durante una semana en un espectáculo inolvidable de fuego, luz y color que culmina con la “crema” y destrucción de los monumentos falleros construidos tras un año de trabajo e ilusión. Son características de estas fiestas, las “Mascletas”, fuegos artificiales, “Correfocs”, y el animado ambiente de “casals” de las distintas fallas hasta altas horas de la madrugada.
Semana Santa. El tradicional fervor religioso de estas tierras, tiene en esta fiesta su principal manifestación. Destacan las procesiones de las cofradías de capuchinos con sus “pasos” por las calles de la Villa acompañados por el rítmico y sobrecogedor sonido de los bombos y tambores.

San Gregorio ( 9 de Mayo). Romería de gran tradición y participación que culmina con una fiesta campera con barbacoa y paella. Es tradicional, también, visitar el mercadillo de productos típicos que se dispone alrededor de la ermita.

San Bartolomé ( Santos Senen y Abdón y Santa Maria del Ma ). Son las fiestas patronales de la ciudad y se celebran en la segunda quincena del mes de Agosto. Su origen se remonta a 1523, cuando el Emperador Carlos I otorga, además del título de Villa a Benicarló, el privilegio de una feria por San Bartolomé.
Las fiestas patronales llenan Benicarló de luz y colorido, siendo ampliamente participativas. La continua actividad y variedad de actos las hacen atractivas para todos lo públicos.
La Cridá es el acto con el que arrancan unas fiestas en las que se suceden conciertos de música, exposiciones, certámenes de pintura, fuegos artificiales, mascletaes y los característicos y peculiares Bous a la Mar ( toros junto al mar), donde el mar actúa como refrescante burladero, aunque a veces no suficiente par escapar del toro que también acaba zambulléndose.
La vida nocturna adquiere otra dimensión al añadirse a la oferta habitual los bullicios casales locales de las peñas o grupos de amigos que se unen para vivir más intensamente la fiesta.
La fiesta está servida.


Con infraestructuras que son de acuerdo con una pequeña ciudad, la estación ferrocarril, los buenos accesos a la A-7, el trasporte de Bus etc... Benicarlo dispone también de una gran variedad de actividades culturales y de espectáculos. En Benicarló también destaca su gastronomía ya que dispone de productos de denominación de origen como puede ser la alcachofa de Benicarlo, y también por su gran calidad de mariscos.


Foto Patronato de Turismo de PeñíscolaPeñíscola
Peñiscola, al norte de la Comunidad Valenciana, se encuentra en un punto privilegiado del Mediterráneo español. Los 79 km2 de extensión de su municipio, 17 de los cuales discurren paralelos al litoral, se reparten equitativamente entre las superficies forestales y los cálidos cultivos mediterráneos, entre los que no faltan el naranjo, el olivo y el almendro. La ciudad antigua, coronada por la que fuera morada del Papa Benedicto XIII, un castillo-fortaleza del s. XIV, ocupa un imponente peñón que se alza 64 metros sobre el azul del mar; unido al continente por un cordón de arena que tiempo atrás era barrido por las olas durante los temporales, transformando a la ciudad en una efímera isla.En contraste con el casco antiguo, se encuentran las nuevas calles y avenidas de la zona turística. Cálidas aguas en verano y otoño, se reparten entre las extensas playas de fina arena al norte de la ciudadela y hermosas calas flanqueadas por abruptos acantilados en el sur.

El turismo es el origen principal de las ganancias de Peñíscola; pero la pesca tiene una participación importante en la economía local y la flota pesquera del pueblo es uno de las más grandes en la zona.
La cocina local es destacada por su pescado excelente y mariscos frescos del agua del Mediterránea y las frutas y verduras de las tierras de cultivo fértiles alrededor de Peñíscola.
Puedes disfrutar de todos tus deportes favoritos en Peñíscola, especialmente aquellos relacion

cionados con el mar.


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